Por: Weildler Guerra Curvelo*.

En abril de 2016 se celebró en Bogotá la vigésimo novena versión de su reconocida Feria del Libro en la que Holanda fue el país invitado. Entre las razones presentadas para justificar esa invitación se dieron varias de carácter económico y casi ninguna de tipo histórico. Así, los visitantes pudieron enterarse de que Holanda era el mayor comprador de uchuvas de Colombia y el principal destino de las confecciones nacionales en la Unión Europea. El boletín oficial de la feria señalaba también que “cerca de 50 años de historia unen a los dos países”, aunque la verdad es, como lo muestra el presente libro, que nuestra larga relación, con el hoy llamado Reino de los Países Bajos, comprende varios siglos de interacciones políticas, demográficas y económicas.

En ese mismo evento viví la enriquecedora experiencia de dialogar ante un concurrido auditorio con Sytze Van der Veen, autor de Groot Nederland & Groot Colombia 1815-1830. De droom van Willem I publicado a finales de 2015 por una reconocida editorial holandesa.). Sytze es un apasionado historiador holandés interesado por el mundo hispánico. Groot Nederland & Groot Colombia trata de dos proyectos políticos que nacieron en ese período y que fracasaron casi simultáneamente. Según Van der Veen, colombianos y holandeses tenemos un origen común, dado que surgimos como resultado de nuestras respectivas guerras de independencia contra España. En los siglos XVI y XVII, la República de los Países Bajos dio el primer golpe contra el imperio español, y en el siglo XIX, la República de Colombia le dio el golpe de gracia.

Dos figuras centrales de esta obra son Guillermo I, llamado también el rey comerciante, y el Libertador Simón Bolívar, como creadores de proyectos políticos ambiciosos e imaginativos. Ambos se vieron a sí mismo como liberales aunque sus adversarios políticos hacían lo propio, considerándolos conservadores. El trazo que nos hace el autor del carácter del monarca holandés es el de “un hombre cerrado y retraído, incapaz de delegar o consultar”, una figura vacilante en sus decisiones, pero obstinado una vez tomaba partido por una de las ideas en consideración. Su inteligencia- afirma Van der Veen- “se atascaba en su manía organizativa. Tenía un espíritu contable y leía de preferencia textos con muchos números”. Bolívar, en contraste, es visto a través de la descripción de algunos que pudieron tratarlo directamente como el cónsul holandés Destuers quien “desconfiaba de la «fuerza de imaginación» bolivariana, que hacía que se dejara llevar con demasiada facilidad por ideas exaltadas”. El diplomático reconocía en Bolívar a un idealista manifiesto que irradiaba una sólida confianza en sí mismo y un carisma al que era difícil de escapar. No obstante, Destuers, citado por el autor de esta obra, también afirma que al Libertador “le gusta debatir y puede ser muy sarcástico. Es temido por su lengua mordaz, que deja a menudo atónitos a sus oyentes”.

La edición en español de esta novedosa obra publicada bajo el título La Gran Colombia y la Gran Holanda, 1815-1830. Una relación entre sueño y realidad no solo aporta información valiosa sobre las relaciones de larga duración entre los actuales Estados de Holanda y Colombia sino que ilumina eventos poco conocidos de la historia de nuestros países. Una de las contribuciones más significativas es mostrar en detalle como las guerras de independencia en Sudamérica repercutieron en las relaciones políticas entre las grandes potencias de Europa y como fue percibida la potencialidad de las nuevas repúblicas hispanoamericanas en un escenario político más complejo en el que confluían el Viejo y el Nuevo Mundo.

El Reino de los Países Bajos se formó en 1815, como efecto imprevisto de la derrota que sufrió Napoleón en Waterloo. El primer monarca fue Guillermo I, antepasado del actual rey Guillermo Alejandro. La Gran Holanda comprendía diecisiete provincias, lo que implicaba la unión de los territorios que actualmente ocupan los Estados de Holanda, Bélgica y Luxemburgo. La isla de Curazao, que había tenido un papel importante en la independencia de las posesiones españolas en el norte del Caribe a través de figuras como Piar y Luis Brion, sería el puente entre ambos Estados. Dada su condición de colonia holandesa en el Caribe, Curazao conformaba un nexo natural entre el recentísimo reino y la recién creada república. Una pequeñez situada entre dos grandezas como el mismo autor la define en el primer capítulo del libro.

En las palabras del propio Van deer Veen una representación exagerada de los tesoros del Nuevo Mundo hizo que la codicia de algunas monarquías europeas estuviese reñida con el apego a la ortodoxia ideológica. Colombia adquirió, en países como Inglaterra, las proporciones de “una pompa de jabón política y comercial”. La relación holandesa con nuestro país tomó forma, por consiguiente, en un campo de tensiones entre corrección política y oportunismo económico. El mercado que se abría en América con la independencia de Colombia se tornó apetecible para el reino holandés. En 1822, el rey Guillermo abrió los puertos de las colonias holandesas en el Caribe a los barcos colombianos. Esto fue, según el historiador holandés, un reconocimiento de hecho de la República de Colombia, un paso temprano y arriesgado en el contexto europeo. El monarca holandés, que actuaba en serio, envió cónsules a las nuevas repúblicas: dos a México, dos a Centroamérica, uno al Perú, uno a Chile y cuatro a Colombia, siendo el país más favorecido de su proyecto. En 1825, el representante de Holanda en Colombia comparó por su sabiduría a Bolívar con el rey Salomón, y sus palabras fueron reproducidas por los principales periódicos europeos.

La unidad de la Gran Colombia empezó a resquebrajarse inevitablemente. La Gran Holanda también empezó a mostrar fisuras debido al separatismo de los belgas. En septiembre de 1830, más de trescientos belgas murieron en una manifestación a manos del ejército real. Mientras Bolívar era enterrado en Santa Marta, en diciembre de ese mismo año, una conferencia internacional en Londres aceptó la independencia de Bélgica y con ello comenzó el fin de la Gran Holanda. El autor concluye que el fracaso de la Gran Colombia y la Gran Holanda terminó el acercamiento que se puso en marcha en los años anteriores.

La obra de Sytze Van der Veen debería estimular nuevas indagaciones históricas acerca de nuestra prolongada y compleja relación con Holanda durante el periodo colonial y también durante la república. Esto implica dirigir la mirada hacia lo que el historiador Ernesto Bassi[2](2016) llama los “puertos menores” y también a los llamados “puertos ocultos” a través de los cuales se realizaba el intercambio con las posesiones holandesas en el Caribe los que no ocupan un lugar visible en la historiografía disponible sobre el último periodo de la dominación colonial. La presencia holandesa en los dominios americanos es temprana. Dos hechos inciden en esa incursión: la creación en 1621 de la llamada Compañía de las Indias Occidentales (West Indische Company WIC) y la caída de Curazao en 1634. Como lo ha dicho Celestino Arauz Monfante en su clásica obra El Contrabando Holandés en el Caribe durante la primera mitad del siglo XVIII (1984), para romper el monopolio español en este continente, los holandeses recurrieron a la colonización, el pillaje y el contrabando a gran escala.

Los holandeses ya se encontraban en Providencia en el siglo XVII. “Cuando se establecieron en ellas los primeros colonizadores ingleses, en 1629, encontraron varios corsarios y contrabandistas holandeses ya establecidos allí” (Parsons, 1985:25) El Capitán Blauvelt fue el primero en considerar la posibilidad de fortificar la isla más septentrional con la ayuda de sus paisanos y de sus aliados los indígenas Miskitos. Los holandeses eran tan numerosos e influyentes que la compañía de Londres se vio obligada a a cambiar los nombres de lugares holandeses pro otros de origen inglés. “Tenga cuidado – dijeron al gobernador- de no conceder intereses en ninguna propiedad, distinto de simples ocupantes y sembradores”. En 1637 se recibió un ofrecimiento de Holanda para comprar la isla en 70.000 libras esterlinas.

Gracias al avanzado desarrollo de sus medios navales desde sus áridas posesiones en el Caribe insular recorrieron las costas de América y penetraron a través de sus ríos hasta el continente, llegando a comerciar tanto en el Orinoco como en el Atrato. Durante el siglo XVIII los comerciantes judíos de Curazao vendieron sus productos en la Nueva Granada a través del llamado “Camino de Jerusalén”. Este partía de los puertos guajiros, cruzaba la región del Valle de Upar y seguía rumbo al puerto fluvial de Mompox, desde donde sus mercaderías se distribuían hasta el corazón mismo de la Nueva Granada.

Quizás el antecedente primigenio de nuestras relaciones diplomáticas con Holanda se encuentre en un suceso singular: la visita del jefe guajiro Caporinche a la isla de Curazao en 1752 registrada por destacados investigadores como Eduardo Barrera[3]y José Polo Acuña[4]. Este jefe indígena fue recibido por las autoridades locales con los honores debidos a un jefe de Estado. Los habitantes de la isla lo vistieron a él y a sus acompañantes con casacas y pelucas, haciéndoles muchas fiestas y honrándolo a su entrada y a su salida de la isla con una salva de quince cañonazos. Los holandeses realizaron formal convenio con los representantes guajiros para apoyarlos con armas y municiones en su lucha contra la Corona española y resguardar el comercio entre las dos naciones. En esos tiempos los funcionarios hispanos se quejaban amargamente en sus comunicaciones de la desvergüenza con que los guajiros protegían con todas sus fuerzas el comercio holandés.

Otra de las aportaciones del libro es llamar la atención sobre como en el convulsionado e impredecible escenario de las guerras de independencia hispanoamericanas se concibieron empresas aventureras que, según Van der Veen, partían de una singular mezcla de idealismo político y oportunismo económico. Dos muestras representativas de dichas aventuras fueron la llamada República Boricua y el Principado de Poyais. La primera, cuyo objetivo era la independencia de Puerto Rico, estuvo a cargo de un alemán afrancesado: Louis Ducoudray-Holstein, quien, al mando de setenta aventureros se hacía llamar Presidente y Comandante en jefe de la República Boricua. Este proyecto delirante fue abortado gracias a la oportuna intervención de las autoridades de Curazao que detuvieron a sus instigadores. El llamado Principado de Poyais fue concebido por el escoces Gregor MacGregor un antiguo oficial del ejército británico que ya había hecho presencia con sus tropas en Portobelo, Riohacha y San Andrés. Más que un proyecto utópico multirracial, en el que convivían de forma armoniosa europeos y nativos, Poyais fue una gigantesca estafa a cándidos súbditos del viejo continente sobre una tierra de Jauja en América Central que era en realidad un infierno tropical en la selvática costa de Mosquitos. Después de este estruendoso fracaso el autor nos cuenta que Mac Gregor murió en circunstancias penosas en Caracas en 1845.

La relación entre Colombia y Holanda no tuvo el mismo dinamismo en el centro del país que en las regiones costeras y fluviales. Durante finales del siglo XIX muchas familias de origen sefardita asentadas en Curazao migraron a centros urbanos del Caribe colombiano como Riohacha, Ciénaga y Barranquilla. Su actividad en este país conllevó cambios significativos en la modernización de las actividades mercantiles como lo ha evidenciado la historiadora Adelaida Sourdis[5] en diversas publicaciones. De hecho muchos ciudadanos colombianos ignoran la intensidad y arraigo en el tiempo de nuestras interacciones históricas; de allí la oportuna relevancia que adquiere el esfuerzo del Banco de la República, la Embajada de los Países Bajos en Colombia y la Fundación Neerlandesa de Letras para hacer posible la publicación de La Gran Colombia y la Gran Holanda, 1815-1830. Una relación entre sueño y realidad, una obra deleitable en su lectura y minuciosamente documentada.

Esta investigación nos recuerda cómo en ambos países se concibieron creativos futuros potenciales de carácter global en el que Holanda y Colombia, y no solo las viejas potencias europeas, eran los protagonistas en su condición de principales aliados. Las fuentes históricas muestran como, antes del surgimiento de Colombia y a principios de la república, los sujetos históricos que actuaron durante esos periodos se localizaron a sí mismos en un mundo más amplio y otorgaron importancia al mar que une a los países moviendo de manera incesante personas, artefactos e ideas. También nos recuerda un epilogo triste, contra el que tenemos el deber de rebelarnos, pues después de 1830, Colombia y Holanda, ambas disminuidas, se encerraron en sí mismas y en sus propios problemas. Sin embargo, Colombia y Holanda han construido a lo largo de siglos un rico pasado en común y eso nos debería llevar a concebir un futuro compartido.

Referencias:

[1] Los términos Gran Colombia y Gran Holanda no están tomados por el autor en un estricto sentido jurídico o administrativo respecto del nombre que adoptaron dichos Estados en ese periodo histórico sino en el marco de una connotación metafórica muy extendida.

[2] Bassi, Ernesto (2016). An Aqueous Territory: Sailor Geographies and New Granada’s Transimperial Greater Caribbean World. Duke University Press.

[3] MONROY, Eduardo Barrera. Mestizaje, comercio y resistencia: La Guajira durante la segunda mitad del siglo XVIII. Instituto Colombiano de Antropología e Historia, 2000.

[4] Polo Acuña, José. (2005). Etnicidad. Poder y negociación en la frontera guajira. 1750-1820. Bogotá: ICANH.

[5] SOURDIS NÁJERA, Adelaida (2011). Los judíos en el Caribe Colombiano, 1813-1938. Los judíos en Colombia. Madrid-Bogotá: Casa Sefarad-Israel, 2011.

Imagen: Banco de la República.

*Las opiniones expresadas en este espacio son responsabilidad de sus creadores y no reflejan la posición editorial de revistaentornos.com

wilderguerra@gmail.com