Por Weildler Guerra Curvelo.*

Un primero de junio de 1980 falleció mi padre. El paso del tiempo recubre apenas el dolor como las hojas desprendidas de los árboles tapizan ligeramente un sendero. Mi padre vino a La Guajira desde la Provincia de Márquez en Boyacá, cuyo nombre se deriva del Presidente José Ignacio de Márquez, quien rehabilitó en su gobierno la memoria del Almirante Padilla .

Se llamaba Manuel Antonio Guerra y había nacido el 14 de diciembre de 1930. Fue trasladado desde los Llanos Orientales hasta La Guajira durante el gobierno de Gustavo Rojas Pinilla. Pronto fue asignado para comandar el puesto de policía de Carrizal (Uribia) en donde conoció a mi madre. En una de sus fotografías aparece leyendo sentado al frente de la hoy destruida edificación policial. Gracias a esa afición en la casa nunca faltaron los libros de Horacio Quiroga y otros autores latinoamericanos. Muchos años después de su muerte investigando acerca del sistema normativo wayuu encontré con inesperada alegría un artículo suyo llamado “Las leyes guajiras” publicado en 1963 en la Revista de la Policía Nacional. Quería a esta tierra como a la suya propia y se interesó por conocerla y comprenderla en su rica complejidad cultural.

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Antes de que nacieran sus hijos, fue designado como jefe civil y militar del legendario pueblo de Tomarrazón en cuyos senderos estaban aún húmedas las huellas de Francisco El Hombre. Mi padre se empeñó en que fuera llamada siempre por su nombre oficial y no por el término coloquial de Treinta. Se dice que cuando los niños aprendían aritmética y llegaban al número 29 contaban de la siguiente manera Tomarrazón uno, Tomarrazón dos, hasta llegar al 40. Allí el verdor de las colinas de San Pablo y el rumor del agua de sus cristalinos arroyos le hizo recordar acaso el paisaje feraz de los campos de Boyacá. Compró entonces unas tierras al Don Lucas Ucroz a las que llamó, con mucha esperanza, El Porvenir.

Acompañé a mi padre por esos bosques casi no tocados por los humanos en donde se sentía en cada paso la presencia del jaguar. Viajamos juntos por lancha entre Riohacha y Carrizal por un mar transparente mientras él compartía las galletas de higo Fig Roll que eran imprescindibles en sus viajes. Hubo tiempos difíciles entre la población de Riohacha y la Policía Nacional. Cada noche estaba encinta de emboscadas. Nuestros ojos infantiles solo descansaban cuando veíamos su figura doblar la esquina con la cadencia siempre confiada de sus pasos.

Mi padre era un hombre laborioso, dotado de una buena educación natural y una conciencia limpia y recta que depositaba una fe inmensa en el futuro de sus hijos. Un primero de junio llegó a Bogotá la desgarradora noticia de su muerte. Al regresar a nuestra tierra encontramos aún el rastro fresco de su sangre en el follaje y comprendimos que su cuerpo era inasible para siempre. Han pasado ya cuarenta años y mientras el mar ocupó su tiempo esculpiendo arrecifes desde el agua, su figura llega hoy viva a la bruma afectiva de mis manos.

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