Por: Matty González Ferrer.

El 22 de abril se celebra en el mundo el día de la Tierra, momento propicio para reflexionar sobre nuestra responsabilidad ambiental desde la ética de la sustentabilidad.

Tanto el Manifiesto por la vida (2002) como la Carta a la Tierra (1992) siguen estando vigentes, pues, responden a la creciente conciencia que existe en el mundo de hoy en torno a la necesidad de hacer mayores esfuerzos, individuales, colectivos e institucionales, en dirección a construir escenarios virtuosos en los cuales la preservación de la Vida en todas sus manifestaciones esté al centro de las preocupaciones de todos los habitantes de un planeta que presenta signos alarmantes de decadencia y deterioro como resultado de un artificio humano desbocado y voraz.

En el manifiesto por la vida, por ejemplo, los firmantes advierten que “La crisis ambiental es una crisis de civilización”, es decir, una crisis social, que compromete además “modelos de desarrollo” que se centran en la ganancia sin tasa ni medida y muestran un total desdén o desprecio por la naturaleza y los valores humanos. En esas circunstancias propone una ética alternativa que privilegie una distribución equitativa de la riqueza y un uso racional de los bienes y servicios ambientales. Así mismo, el documento aboga por la búsqueda de amplios consensos para empujar la transformación de nuestra civilización con la mira puesta en las futuras generaciones. Esta “ética para la sustentabilidad” recurre “a la responsabilidad moral de los sujetos, los grupos sociales y el Estado para garantizar la continuidad de la vida y para mejorar la calidad de la vida”, y tiene como sustento los “principios de solidaridad entre esferas políticas y sociales, de manera que sean los actores sociales quienes definan y legitimen el orden social, las formas de vida, las prácticas de la sustentabilidad, a través del establecimiento de un nuevo pacto ciudadano y de un debate democrático, basado en el respeto mutuo, el pluralismo político y la diversidad cultural, con la primacía de una opinión pública crítica actuando con autonomía ante los poderes del Estado”.

La Carta de la Tierra, entre tanto, constituye una declaración de principios para la construcción de una sociedad justa, sostenible y pacífica. Y apuesta por el compromiso de ciudadanos, sociedades y Estados para la construcción de estilos de vida sustentables o sostenibles que armonicen la preservación de la naturaleza con las necesidades del artificio humano. Su punto es que la tierra es “nuestro hogar”, la cual “ha brindado las condiciones esenciales para la evolución de la vida”, y por tanto “La capacidad de recuperación de la comunidad de vida y el bienestar de la humanidad dependen de la preservación de una biosfera saludable, con todos sus sistemas ecológicos, una rica variedad de plantas y animales, tierras fértiles, aguas puras y aire limpio. El medio ambiente global, con sus recursos finitos, es una preocupación común para todos los pueblos. La protección de la vitalidad, la diversidad y la belleza de la Tierra es un deber sagrado”.

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Ese propósito resulta cada vez más difícil de llevar a la práctica, pues “los patrones dominantes de producción y consumo están causando devastación ambiental, agotamiento de recursos y una extinción masiva de especies”. Así mismo, las desigualdades sociales están a la orden del día, la población mundial crece en forma acelerada, sobrecargando “los sistemas ecológicos y sociales. Los fundamentos de la seguridad global están siendo amenazados. Estas tendencias son peligrosas, pero no inevitables”.

En razón de estos hechos, los promotores de la Carta a la Tierra juzgan perentorio, urgente avanzar en la edificación de nuevos paradigmas que conlleven a la asunción de una responsabilidad de carácter universal en el marco de la cual nos identifiquemos con toda la comunidad terrestre. Pero a la vez se requiere que exista una correspondencia y un diálogo entre las realidades global y local, ya que “Somos ciudadanos de diferentes naciones y de un solo mundo al mismo tiempo, en donde los ámbitos local y global, se encuentran estrechamente vinculados. Todos compartimos una responsabilidad hacia el bienestar presente y futuro de la familia humana y del mundo viviente en su amplitud”.

Se trata en últimas de que los habitantes del planeta arribemos a la luminosa convicción de que es absolutamente perentorio cuidar la tierra, generar formas de gobierno que trabajen por alcanzar mayores niveles de igualdad entre sus ciudadanos y propiciar el surgimiento de un empresariado dotado de un alto sentido ético que no subordinen el interés particular a sus intereses expansionistas.

Esta tarea debe apoyarse en los recursos tecnológicos y el conocimiento acumulado a lo largo de los siglos y en la existencia y el compromiso “de una sociedad civil global”, que trabaje para “construir un mundo democrático y humanitario. Nuestros retos ambientales, económicos, políticos, sociales y espirituales, están interrelacionados y juntos podemos proponer y concretar soluciones comprensivas”.

Manifiesto por la vida y Carta a la Tierra: diferencias y semejanzas

El Manifiesto por la vida y la Carta a la Tierra tienen como elementos comunes o semejantes el diagnóstico que hacen de la situación del mundo actual. Constatan, por ejemplo, que la crisis ambiental del planeta es en realidad una crisis civilizatoria, esto es, de modelo, de creencias y de valores. Así lo expresa el Manifiesto: “La crisis ambiental es la crisis de nuestro tiempo. No es una crisis ecológica, sino social”. En una línea de pensamiento similar en La Carta a la Tierra se afirma que “los patrones dominantes de producción y consumo están causando devastación ambiental, agotamiento de recursos y una extinción masiva de especies. Las comunidades están siendo destruidas. Los beneficios del desarrollo no se comparten equitativamente y la brecha entre ricos y pobres se está ensanchando”.

Y la Carta y el Manifiesto coinciden en señalar que la alternativa para resolver una problemática tan aguda y con múltiples aristas pasa necesariamente por un cambio de fondo en los modelos económicos imperantes, lo cual debe llevar a una mayor equidad en la distribución de la riqueza. “Sin equidad en la distribución de los bienes y servicios ambientales no será posible construir sociedades ecológicamente sostenibles y socialmente justas”, señala el Manifiesto. Pero además, es urgente el cambio en nuestra forma de actuar y pensar como individuos. De hecho, en la Carta se insta a “formar una sociedad global para cuidar la Tierra y cuidarnos unos a otros o arriesgarnos a la destrucción de nosotros mismos y de la diversidad de la vida. Se necesitan cambios fundamentales en nuestros valores, instituciones y formas de vida. Debemos darnos cuenta de que, una vez satisfechas las necesidades básicas, el desarrollo humano se refiere primordialmente a ser más, no a tener más”. En esas circunstancias, uno y otro documento apelan a la conciencia de los ciudadanos para que se comprometan en la construcción de un mundo mejor a partir de una actitud de respeto hacia las distintas formas de vida del planeta, pues “La capacidad de recuperación de la comunidad de vida y el bienestar de la humanidad dependen de la preservación de una biosfera saludable, con todos sus sistemas ecológicos, una rica variedad de plantas y animales, tierras fértiles, aguas puras y aire limpio”, precisa la Carta.

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Ahora bien, Carta y Manifiesto mantienen que una tarea de esta envergadura comporta una responsabilidad universal en tanto que, como señala la primera, “para llevar a cabo estas aspiraciones, debemos tomar la decisión de vivir de acuerdo con un sentido de responsabilidad universal, identificándonos con toda la comunidad terrestre, al igual que con nuestras comunidades locales”, mientras el segundo declara que: “La ética de la sustentabilidad implica revertir el principio de “pensar globalmente y actuar localmente”. Este precepto lleva a una colonización del conocimiento a través de una geopolítica del saber que legitima el pensamiento y las estrategias formuladas en los centros de poder de los países “desarrollados” dentro de la racionalidad del proceso dominante de globalización económica, para ser reproducidos e implantados en los países “en desarrollo” o “en transición”, en cada localidad y en todos los poros de la sensibilidad humana”.

En resumen, el Manifiesto por la vida y la Carta a la Tierra son resultado de la reflexión de académicos, intelectuales, políticos, ecologistas, feministas, escritores, científicos, etc., acerca de las circunstancias morales y materiales en que se desenvuelve la humanidad en la hora presente, las cuales están marcadas por el deterioro y el agotamiento crecientes de los recursos naturales por la acción predadora del hombre y la falta de compromiso de los ciudadanos con su realidad. Ambos documentos proponen una acción global sostenida que tenga como norte la idea de que somos ciudadanos del mundo y como tales debemos participar en su defensa y preservación. “Nuestros retos ambientales, económicos, políticos, sociales y espirituales, están interrelacionados y juntos podemos proponer y concretar soluciones comprensivas”, precisa la Carta.

La diferencia entre la Carta a la Tierra y el Manifiesto por la Vida estriba en que la Carta aspira a convertirse en el tercer documento del derecho internacional al servicio de la comunidad mundial reconocido por la ONU (Los otros dos son: La Carta de las Naciones Unidas, que reglamenta las relaciones entre estados y, por consiguiente, establece normas de conducta para conseguir la paz y la estabilidad y La Declaración Universal de los Derechos Humanos, que regula las relaciones entre estados y personas, y garantiza a todos los ciudadanos un conjunto de derechos inalienables que sus respectivos gobiernos deberán asegurarles), mientras que el Manifiesto “busca inspirar principios y valores, promover razones y sentimientos, y orientar procedimientos, acciones y conductas, hacia la construcción de sociedades sustentables”.

Encuentre los documentos completos aquí: Manifiesto por la vida Carta a la Tierra