Por Angel Roys Mejía*.

Esta columna es probable que no llegue a sus destinatarios, cuyo mayor reto lector puede estar asociado a la portada del principal periódico sensacionalista donde aparece reseñado uno de sus “vales” o buscando la nota de sangre, cereza del pastel de su vida. Además, debe estar fraguando la manera de romper con el desfile, enharinar las lentejuelas, desafiar la autoridad y anarquizar el desorden del carnaval.

Al principio de los tiempos, los muchachos esperaban la temporada de carnaval para trazar una línea imaginaria y declarar la guerra entre barrios armados de pequeñas bolsas de agua. El principal código de estas guerras frontales era evitar la agresión directa, solo debía ser tolerada el agua y se prohibían otras sustancias peligrosas o no indicadas. Un estatuto inédito y tácito, pero respetado. Las rivalidades territoriales de un barrio a otro contenían un acuerdo colectivo, pero incentivaba la competencia y pertenencia en el campo deportivo, en lo estético, en lo folclórico y en otros aspectos de la escena social y ciudadana. Estos ambientes eran propicios para dar origen a comparsas. Pero no fue así.

La realidad transgresora ha sido otra. Una sociedad irascible y con baja tolerancia ha traído como saldo muertos en el tradicional desfile de los embarradores y pedreas y peleas entre bandas en los pilones. Es como si el telón que separa las dos ciudades se levantara en carnaval y rompiera las barreras como en corralejas en las que el toro fungiera como rabiosa igualdad. En los ojos de la romería de muchachos que vienen como procesión de todos los barrios de Riohacha, anida un brillo perverso y travieso que solo se supera con la adrenalina de afear la belleza distante de los vestidos y romper el hechizo frenético de la danza de los cuerpos.

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En sus rostros no hay consciencia de la larga tradición patrimonial de una de las fiestas más antiguas del país. Tampoco hay certidumbre sobre la resistencia y la mística de la organización del carnaval. Un bando propio y único, manifestaciones auténticas como el embarrador y un pilón originario y centenario; en nada de ello existe consciencia colectiva, su valor solo anida en una elite cada vez más
restringida y marginal.

Entender que todo acto de violencia es social, que tiene implícita una desviación y un deseo de faltar al consenso, de las posibles represiones que motivan los actos de violencia. El sociólogo noruego Johan Galtung justificaba que los actos de violencia encuentran explicación en las estructuras sociopolíticas y económicas como la represión, la marginación o la pobreza. Por su parte, Gustave Le Bon en su tesis sobre violencia colectiva indica que el individuo carece de voluntad y el control personal de los instintos primarios desaparece, por lo que las masas pasan a ser irracionales, emotivas, extremas, instantáneas, irritables, volubles e irresponsables.

El grito polifónico de la sociedad clama autoridad por parte del gobierno. Pero el gobierno lleva años tratando de eludir su responsabilidad con la tradición excusándose en lo insostenible de su festejo por que adolece de las fuentes y no cuenta con los recursos para garantizar su realización. Existe el anhelo íntimo de que gane cuerpo e independencia como en otras ciudades, que ella por si sola sufrague sus costos sin depender de la mano estatal.

La utopía de carnaval para la gente se reduce a comparsas empresariales y al musculo financiero y complementario de quienes patrocinan la reina central. Esta disyuntiva ha alejado el viejo anhelo de popularizar la fiesta, logrando que los barrios se vinculen sin distinciones, rodeando y apropiando la tradición.

Se enfrenta la sociedad a dos tendencias y orillas contrapuestas. La fascinación de los colectivos marginados cuya entretención se centra en romper el equilibrio de las fiestas y colapsarlas para sentir su triunfo y la persistencia de las micro organizaciones que encuentran en la fiesta y su desorden un goce pagano sin escritura, sin formato y cuyo único libreto es un bando.

*Las opiniones expresadas en este espacio son responsabilidad de sus creadores y no reflejan la posición editorial de revistaentornos.com

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