Por Orlando Mejía Serrano*

En 1986 el extinto Magazín Dominical del diario El Espectador publicó una selección de textos de un poeta nacido en Cereté, Córdoba, cuya obra comenzaba a ser objeto de estudio por parte de la crítica especializada y materia de comentario en los círculos literarios.

Aprendí de memoria varios de aquellos poemas, y los he dicho tantas veces (“Qué te vas a acordar Isabel…”) que muchas personas han llegado a creer que son de mi cosecha (¡ojalá!).

Uno de ellos llamó mi atención de manera especial. Consta de diez líneas apenas, pero es tal su fuerza y su maravilloso poder de síntesis que difícilmente se encontrará en la obra de otro poeta colombiano algo cargado de tanta verdad.

El autor de esta pequeña obra maestra es Raúl Gómez Jattin, a quien la comunidad literaria, 22 años después de su trágica muerte en la ciudad de Cartagena, ha consagrado como uno de los grandes poetas nacionales de todos los tiempos, al lado de Juan de Castellanos, Álvaro Mutis, León de Greiff, Aurelio Arturo, Barba Jacob, Luís Carlos López y J. A Silva.

La secuencia del poema es casi cinematográfica. Narra el regreso de un hombre a su pueblo natal.

Su andar es triste y sombrío,

Camina como arrastrando su sombra
No mira a nadie ni nadie lo mira.

Está de regreso de una dolorosa estación,

Salió hace unas semanas de la cárcel

Y quizás por su origen social o acaso por la influencia de parientes poderosos,

Lo declararon inocente unos jueces venales

Sin embargo, el pueblo lo rehúye,

Hay un vacío a su alrededor
como un hacha levantada

Y aun quienes podrían ofrecerle el ansiado abrazo, lo rechazan airados,

Fue a visitar a los viejos amigos
y estos le cerraron las puertas
en la cara y así todo el mundo
Un espeso e inapelable señalamiento lo circunda,

Hay un cerco de púas en torno de Carlos,
El parricida.

He creído siempre que este texto, limpio, luminoso, que encierra una soledad irredimible, es una muestra ejemplar de la manera como una comunidad cualquiera puede aislar a aquellos de sus miembros que atenten contra su bienestar o transgredan sus códigos culturales, morales o religiosos para pulir una ambición, no importa que los declaren inocentes “unos jueces venales”.

Y es que muchas veces la sanción social es mucho más eficaz que la sanción legal, sobre todo en un país como Colombia donde nunca falta un juez torcido dispuesto a dispensar absoluciones por un puñado de billetes.

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Que la corrupción de la justicia no nos contagie. Que nuestro dedo esté siempre presto a señalar al político ladrón, al dirigente torcido, al gobernante bandido, al juez impúdico, al asesino impune.

Que nuestro rechazo pese sobre ellos “como un hacha levantada”. Que nuestra indignación tienda un cerco de púas en torno suyo para mantenerlos alejados de presupuestos y dignidades estatales.

*Periodista y gestor cultural.

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