Por: María Isabel Cabarcas Aguilar*.

Al entrar a una librería en Girona el pasado mes de marzo, hallé “Mi Historia”, el libro autobiográfico de la Ex Primera dama de Estados Unidos Michelle Obama, quien a lo largo de 523 páginas relata interesantes detalles de su vida, su dinámica familiar, anécdotas personales, aprendizajes y toda una serie de episodios que edificaron su ser hasta llegar a convertirla en quien es hoy.

Mi admiración por esta extraordinaria mujer la he manifestado en columnas anteriores, siendo reiterativa en la exaltación de su avasalladora simpatía, y alto sentido de compromiso con la educación y el bienestar de los niños, niñas y jóvenes norteamericanos de escasos recursos económicos. Hoy, Michelle dirige una fundación dedicada a ello, al tiempo que recorre el mundo dictando conferencias llevando un fuerte mensaje de fortaleza, perseverancia, laboriosidad y compromiso férreo de la mujer con sus valores, su dignidad, su proyecto de vida y sus sueños.

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Disfrutando la lectura que aún no concluyo, hallé entre las líneas de un párrafo, una frase que capturó mi atención: “Para mí, aquello fue el comienzo de un hábito que me ha sostenido toda la vida: conservar un grupo unido y alegre de amigas, un puerto seguro de sabiduría femenina.”

Miré hacia mi vida y hallé no uno, sino varios grupos unidos y alegres de valiosas amigas donde de manera constante, he hallado ese puerto seguro de sabiduría femenina y me sentí profundamente afortunada y agradecida con Dios por esa realidad. En esos grupos fuimos constantemente celebrados mi hijo y yo, durante los últimos meses de embarazo, previos a su llegada majestuosa a este mundo, siendo rodeados por ese poderoso círculo de afecto que llena nuestras vidas haciéndonos sentir amados a cada instante. Y es que, una de las finalidades de la amistad es justamente esa: brindarnos compañía, apoyo, cariño, afecto, besos y abrazos, un buen consejo aunque en ocasiones ni siquiera aquella persona llegue a pedirlo; ya que como lo afirma la Escritura: “En la pluralidad de consejeros está la sabiduría”. En el caso de nosotras las mujeres, las amigas somos celosos faros vigilantes de nuestro bienestar común, quienes disfrutamos como propia la felicidad de aquella a quien nos une el lazo inquebrantable de una buena amistad y por quien estamos dispuestas a hacer todo lo bueno por ayudarle a edificar su felicidad. Bien me lo decía mi mamá desde que era una niña: “Las verdaderas amigas, lo son para toda la vida”.

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En mi caso como hija única, cuento con amigas que son hermanas, a quienes ni siquiera debo llamar para decirles como estoy, porque presienten con total acierto tanto la alegría como la tristeza. En el momento en que más he necesitado una voz de aliento o una palabra sabia, han sido mis amigas, las portadoras de esa paz tan anhelada en momentos de tormenta, así como de orientación para enfrentar los retos que traen consigo los altos y bajos de la vida. Siento que de ellas se vale Dios para recordarnos que no estamos solas. Seguramente tú mujer, que me estás leyendo, habrás experimentando esta misma hermosa sensación de estar en conexión permanente, sin importar la distancia o el tiempo y aún sin pronunciar una palabra con tus amigas estén donde estén.

Las mujeres estamos llamadas a cuidarnos las unas a las otras, a tratarnos con respeto, a alegrarnos con la felicidad ajena y a celebrar los triunfos y logros de otras mujeres aunque no las conozcamos, a tratarnos con consideración, brindándonos la dulzura, la simpatía y la ternura que tanto están escaseando en esta sociedad moderna de la inmediatez y la banalidad. El mejor regalo que podemos darnos como género, es precisamente ese: el regalo de la sororidad para que entre todas las mujeres del mundo, como en el caso de Michelle, nos sostengamos toda la vida.

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