Por Weildler Guerra Curvelo*.

Se cuenta que en sus momentos de gloria el escritor Jorge Isaacs era afectuosamente reconocido en las fondas de los caminos, en los villorrios más recónditos, y en los círculos políticos de todo el país. Los niños de las escuelas le aclamaban y a su paso por diversos lugares leían poemas en su honor. Era entonces el primer Isaacs, el autor de la María, la gran novela nacional conocida en todo el continente y que publicaría la editorial Harpers and Brothers en Nueva York.  Ello fue seguido años después por momentos en los que su nombre se fustigaba desde los púlpitos y le gritaban Anticristo en las aldeas conservadoras. Isaacs era un iluso emprendedor para los hacendados del Valle del Cauca y el “autor de un solo libro” en los círculos literarios que le eran hostiles. Sus desventuras familiares, sus fracasos económicos y sus derrotas políticas pueden inspirarnos, sin embargo, una gran simpatía hacia este personaje que conoció la geografía nacional y a sus diversos grupos humanos como pocos colombianos lo han hecho.

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Más allá de la María hay otro Isaacs o quizás muchos otros: el etnógrafo que publicó en 1884 el “Estudio sobre las Tribus Indígenas del Estado del Magdalena”, el explorador visionario que promovió de manera temprana y visionaria el aprovechamiento de las minas del Cerrejón, el seductor enamorado de mujeres emblemáticas de nuestra historia y el político que dio sustanciales giros ideológicos con los que cultivó extensas antipatías en el país.  De su obra etnográfica puede afirmarse que, aunque no fue redactada por un profesional de la disciplina antropológica, en los aspectos lingüísticos, etnográficos y arqueológicos su obra aporta valiosos datos para los investigadores contemporáneos. Isaacs recogió, a fines del siglo XIX, antiguas narraciones míticas de gran interés para el estudio actual de las cosmologías indígenas. Para dar un solo ejemplo, la versión más antigua que tenemos del mito de Wolunkaa, la mujer de la vagina dentada, la aporta este escritor.

Isaacs pudo sentir una atracción hacia la legendaria hermosura de Elvira Silva, la hermana del poeta José Asunción Silva, cuya inesperada muerte le sumió en una inocultable congoja y a quien compuso un sentido poema. En la obra biográfica Veras huir la calma, escrita por María Cristina Restrepo desde la perspectiva de la esposa del escritor, se insinúa que este pudo sentirse cautivado por doña Soledad Román, la magnética esposa del presidente Rafael Núñez, a quienes solía visitar.  Su relación más apasionada, según se evidencia en sus escritos, pudo despertarla una “mujer de la naturaleza”, la joven wayuu Shajaira, a quien compuso un poema que el conventual gramático Miguel Antonio Caro descalificó públicamente por su carácter erótico.

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Issac moriría pobre en Ibagué en 1895. A lo largo de su vida se desempeñó como hombre de negocios, militar, escritor, viajero y diplomático. Su vida no se corresponde exactamente con las figuras románticas que plasmó en la María pues, según Borges, Isaacs fue también un político, un desengañado, es decir un hombre que no se la llevaba mal con la realidad.

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