Por Angel Roys Mejía*.

Para visitantes del mundo La Guajira, a pesar de su historia es un destino nuevo e inexplorado. Las cifras indican que el número de turistas ha crecido en más del mil por ciento en el último lustro. Los caminantes del mundo vienen detrás de sol, playa, naturaleza y cultura, vienen a descubrir los misterios de la vida en un territorio en el que los muertos vagan, hablan, se vengan, aman y viajan, como si tuvieran vida, y no solo es literatura.

Según estadísticas del Ministerio de Comercio, Industria y Turismo en lo que va corrido del año han visitado el departamento más de mil 300 ciudadanos provenientes de distintos destinos del extranjero. Los lugares de su preferencia siguen siendo Palomino y el amplio universo mítico de La Alta Guajira. Sus equipajes hiperbólicos cargados a sus espaldas dan cuenta de su andar peregrino, de una voluntad nómada que no distingue noche de día, que no es exigente con el lugar de posada. Sus romerías se aprecian en cuatro vías, a las salidas de Uribia con sus cuerpos saturados de sol, cuadrando con las camionetas valores por cupos para emprender un nuevo recorrido.

Barry Edwar Potard arribó a Colombia con La Guajira como destino; compartió lugar con otros extranjeros y nacionales en el tour por la Alta, tuvo tiempo de molestar a la pareja de novios -pasajeros del mismo vehículo- unos minutos antes de que el campero quedara sin frenos y diera botes por un acantilado muy cerca del Cabo de la Vela.  Ese 9 de agosto fatídico, el ciudadano de nacionalidad francesa perdió la vida muy cerca de Jepirra, donde los wayuu inician su peregrinaje al territorio de los muertos. Su cuerpo fue trasladado a la sede de Medicina Legal en Maicao como corresponde por jurisdicción, para practicarle el procedimiento de necropsia.

El francés había llegado unos días después de cumplir 35 años atraído por lo que Arturo Camacho Ramírez en Luna de Arena define como la tierra de “lágrimas de aire y arena, espíritu de ceniza, con amplias venas de sed, entre angustia y agonía”.

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Dos semanas después de la tragedia, los trámites de repatriación del cadáver se enredaban en el protocolo burocrático, en el acuerdo de competencias y responsabilidades, en la deshumanización de la muerte. Entre tanto, el francés peregrino esperaba como una “paleta”, término empleado en el argot de los tanatopraxtas (preparadores de cadáver), para referirse a los cuerpos conservados mediante congelamiento, que el viaje de regreso de sus restos se realizara. El aeropuerto Internacional Almirante Padilla tiene suspendido el traslado de cadáveres por carga hasta que no se adecuen los controles de salubridad que requiere este tipo de embalaje; para garantizar su transporte las autoridades y las aerolíneas necesitan que Medicina Legal haga constar que su fallecimiento no obedeció a algún tipo de enfermedad infectocontagiosa.

Pasadas tres semanas con el irregular servicio de energía de Maicao, para la entidad forense es improbable garantizar las condiciones mínimas de preservación.

Despojado de todo, su 1.80 de estatura y barba poblada semejan a Jesús en el sepulcro, sin santidad y sin resurrección. Solo a la espera de que el mecanismo cuadre, de firmas, de certificados, de papeles y más papeles, mientras mueren las pocas esperanzas de digna sepultura que abriga su familia con cuerpo presente. Entre tanto la funeraria que se encarga de su tratamiento inicial debe a su vez garantizar algo casi imposible en las actuales condiciones de la región, que la preservación del cuerpo duré unos 10 días más antes de su destino final.

La repatriación de un cadáver puede estar costando entre 10 y 30 millones de pesos, pero más que lo económico las demoras obedecen a la lentitud con que se surten los procedimientos a nivel de las embajadas. A ese paso el francés peregrino, llegará a su destino para el segundo velorio.

@Riohachaposible

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