– ¿Hay más de treinta enfermos en la ciudad?

-Hay los que tienen miedo y los que no lo tienen. Pero los más numerosos son los que todavía no han tenido tiempo de tenerlo.  La peste/Camus

En los últimos días se han suscitado reacciones por las medidas que en algunos municipios de la costa a través de sus entidades de salud, vienen impartiendo los mandatarios relacionadas con el manejo y la disposición final de cadáveres bajo la sospecha o confirmación de contagio de COVID-19. Un debate sanitario que con escasa mediación, ha trascendido al plano cultural.

Las posiciones desde el punto de vista social y cultural tensionan una multiplicidad de derechos al trasgredir los rituales antiguos y la valoración de la muerte por parte de comunidades étnicas de la región y el país. Del otro lado, están las normas expedidas para proteger a la sociedad de un enemigo sobre el que reina la incertidumbre, por que aun no se ha precisado científicamente todas las formas posibles de contagio. Sin perder de vista los mas de 20 mil casos reportados por el INS, las 700 muertes ocasionadas y los 50 confirmados en territorio de La Guajira.

En comunicado público la Organización  Nacional Indígena de Colombia (ONIC) ha informado sobre más de 300 casos en 23 pueblos ancestrales afectados, lo que da cuenta del poder de indistinción de la epidemia, que no discrimina, ni repara; asola con su capacidad desmedida de propagación sin advertir diferencias raciales, económicas o sociales. Mientras ciudadanos de todos los niveles que no han tenido tiempo de tener miedo, aun siguen inmersos en el reclamo de las distintas formas de la libertad.

Los rituales ancestrales, como la vida de todos, deben entrar en pausa por un mínimo criterio de responsabilidad colectiva. El velatorio con las inevitables y sentidas condolencias, la preparación natural con aspersiones de chirrinchi y el lavatorio del cuerpo con infusiones, etc; todo ello no es posible, ni recomendable en las actuales circunstancias. La OMS ha extremado recomendaciones de bioseguridad al disponer la cremación o inhumación inmediata, evitando la más mínima manipulación. Este estado de cosas como la emergencia sanitaria, tiene un carácter transitorio y, transitorio desde luego es la suspensión de todo ritual o acto contrario a los estrictos protocolos, cuyo fin último y esencial es garantista para la vida en comunidad. 

El blindaje que impone el protocolo para los responsables de manipular cadáveres en la epidemia simula los vestidos de las guerras químicas que se ven en las series americanas fantásticas: guantes, batas de mangas largas, gafas con cascos antifluidos, máscaras de filtración; para emprender una tarea que muy pocos están dispuestos a asumir por el riesgo que implica y que necesariamente debe hacerse entre dos, para ir disponiendo con precisión la desinfección inmediata. El proceso se inicia en las morgues de hospitales y clínicas o en las casas donde ocurran los decesos y es complementado con el mismo rigor para el destino final a través de una funeraria, la dignidad humana sustituida por el riesgo de contagio queda atrapada en una bolsa herméticamente sellada. Mientras no se identifiquen los reales alcances de la propagación del virus, nada es exagerado y todo es estrictamente necesario, en especial cuando la confirmación de los resultados de las pruebas de los casos posibles puede tardar entre 3 y 8 días.

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Ahora bien, si de parte de las comunidades que se han expresado a través de manifiesto rechazando los protocolos dictados por las instancias de Salud, se propone una ruta alternativa de pertinencia cultural que salvaguarde la vida y consulte medidas de bioseguridad, sanidad y autocuidado, es necesario que sea difundida e implementada en articulación a la red hospitalaria y de manejo y disposición final.

Es necesario sentenciar como Camus que “el único medio de luchar contra la peste es la honestidad” para que sus consecuencias no se conviertan en una interminable derrota.

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