Por Matty González Ferrer.

Porque somos las Sailor Scout, las Sailor Moon
Las Sailor Moon, Moon, Moon, Moon
Fuego de Marte ¡Enciéndete, enciéndete!
Burbuja de Mercurio ¡Estallen, estallen!
Rayo creciente de virus ¡Fulmina, fulmina!
Curación lunar ¡Acción!
Curación lunar ¡Acción!
¡Ay! ¡Me transformaste!

El público aplaude efusivamente en las presentaciones de Yuranis León cada vez que interpreta ‘Las Sailor Moon Remix’, como sucedió recientemente en los Premios Luna, dejando claro que el éxito viral de esta canción no se limita únicamente a las redes sociales. Es un hit real, de carne y hueso, que en menos de tres meses supera las veinte millones de reproducciones en Youtube, por encima de muchas de las canciones más representativas de su esposo, el legendario Mr. Black.

Aunque se ha convertido en un éxito indiscutible, la canción no está exenta de polémica y ha generado diversos debates, como el de su analogía con la famosa serie animada creada por Naoko Takeuchi. ¿Cuál es realmente la relación entre canciones como las Sailor y los dibujos animados?. Esta es una comunión que ha sido descrita como novedosa e insospechada; mientras algunos hablan del anime japonés como nueva fuente conceptual de la champeta, otros tratan de explicar la tendencia kitsch que están generando las redes sociales en el arte, especialmente en lo audiovisual y musical… hasta el investigador cultural Rafael Escallón ha esbozado la teoría de que “la razón del apego por los dibujos animados es una respuesta para quienes aseguraban que este género musical no era apto para niños”.

También lea: Ahimsa: la ideología de la noviolencia

Lo cierto es que esta es una relación de vieja data. Los que no son entendidos en el tema quedaron asombrados cuando la leona Yuranis, como popularmente se reconoce a la esposa de Mr. Black, explicó que su interpretación es un cover de la canción original que fue grabada en 1996, en pleno furor de la champeta criolla, una época en la que los artistas del género se inspiraban en la cotidianidad para hacer música emulando los sonidos africanos.

La autora de la canción es Shirly Pérez, la primera mujer que se convirtió en cantante de este género, dominado tradicionalmente por los hombres, quien narró en una entrevista para El Heraldo la génesis de su composición: “Eso fue hace 23 años con el picó ‘El Sabor Stereo’. Quería hacer una canción inspirada en superheroínas y escogí las Sailor Moon, que se volvió como un grito femenino en la champeta”. Shirly es hija de Melchor Pérez ‘el cruel’, artista palenquero reconocido por sus “tremendos petardos” o exitazos como ‘Los X Men’, ‘Las Tortugas Ninja’, ‘Los Power Rangers’ y ‘Los Tres Poderes’, que rinde homenaje al Capitán Centella; con lo cual queda claro que sus creaciones artísticas quisieron darle continuidad a la saga musical ligada a los superhéroes de los comics en la que venía enrolado su padre.

No fue un asunto exclusivo de la familia, otro que explotó la tendencia de la champeta con los “muñequitos”, como llamaban los niños caribeños a las series animadas, fue Elio Boom quien, después de pegar con ‘La Turbina’, revolucionó las verbenas con ‘Los Caballeros del Zodiaco’, un tema que se ambienta en el manga japonés ‘Saint Seiya’ de Masami Kurumada. Pero sin duda, el más recordado de los artistas que le apostaron a  las series animadas como musa inspiradora de sus canciones fue John Jairo Sayas; ese pelao al que José Quesseps bautizó como El Sayayín, haciendo un juego de palabras entre su apellido y la obra de Akira Toriyama; porque hasta en las fiestas más encopetadas de la fría Bogotá se escuchaba a los cachacos cantar en coro que “la suegra se montaba en su nube, en su nube voladora”.

Sin embargo, la relación entre champeta y muñequitos trasciende mucho más en el tiempo y llega hasta los gloriosos años 80’s y finales de los 70’s con el boom de éxitos como La Bollona o el tradicional Zangalewa, canciones que podían venir del Congo, Sudáfrica o Surinam y ser cantadas en cualquiera de las cientos de lenguas africanas, el romántico francés o hasta en árabe, como El Giovanny; pero que aquí eran todas denominadas como un solo ritmo: la Terapia o Champeta africana. Ninguna de estas canciones habla sobre dibujos animados, pero nos llevan al origen de la cultura picotera, cuyo génesis probablemente se remita a potentes y legendarias máquinas como El Huracán, El Supersónico y El Guajiro, sonando por primera vez el Aki Special, que desde entonces no ha parado de bailarse en todas las casetas del Caribe colombiano.

Los picós obtuvieron su nombre de los ‘pick-up’, equipos de sonido portátiles comercializados en los años 30’s para amenizar pequeñas fiestas; pero a diferencia de sus antecesores, estas eran gigantescas máquinas de sonido adornadas en la parte frontal con coloridas imágenes pintadas por los artistas locales, quienes usaban personajes de gran fuerza para expresar la potencia musical y sonora. Inicialmente fueron personajes tribales como el indio de arco y flecha que caza un león en la portada del picó ‘El Guajiro’, o el esclavo rompiendo sus cadenas que identificaba a ‘El Africano’; para dar paso en los 80’s a los superhéroes de las series animadas más famosas como el capitán Centella,  Superman, Batman y hasta la Mujer Maravilla.

También lea: Ahimsa: la ideología de la noviolencia

Los ritmos afrocaribeños sonando en potentes máquinas de sonido adornadas por dibujos animados pintados a mano, constituyen una trilogía fundamental de la Champeta que se metió en el ADN cultural de toda la Costa Caribe. Cartagena, cuna de este ritmo afrocaribeño, era también el hogar de ‘El perro’, el primer picó pintado. Por Barranquilla la cosa también estaba movida, fue la ciudad donde se inventaron los picós y donde estaban los más grandes y famosos como ‘El gran Pijuán’. Mientras tanto en Riohacha, Andrés Gámez, el ‘Nempe’, cuenta que uno de los pioneros de la cultura picotera fue  Michilín, su papá. El primer picó que puso champeta en los bailes fue ‘El Gran Daniel’ a comienzos de los 80’s; ya en 1983, cuando tocaba en la playa y la caseta ‘El Toro Sentado’, la gente pedía muchas de esas canciones que estaban pegadas, eran temas que duraban catorce minutos y hasta más, así que generalmente el long play traía solo dos canciones, una en cada lado. En ese entonces, ya había varios picós de Riohacha como ‘El Turbo’ de Florentino, ‘El Latino’ de Picho, ‘El Nuevo Swing’ de mi tío Wencha… Recuerdo que ‘El Invencible’ tenía pintado al Hombre increíble (Hulk), ‘El Afric’ de mi tío Conse tenía a King Kong y el Gran Daniel, de mi papá, tenía a He-Man”.

Miller Sierra, comunicador y gestor cultural riohachero, afirma que el picó es el epicentro del universo cultural y estético de este ritmo afrocaribeño “Las primeras champetas sonaban antes de empezar la fiesta, mientras se calentaban los tubos de vacío que amplificaban el sonido, pero ya sus seguidores estaban allí con su pantalón tubito y el trinche en el bolsillo. En Cartagena eran los habitantes de los sectores populares, mientras que en ciudades como Barranquilla, Santa Marta y Riohacha, se trataba de personas de las colonias cartagenera y palenquera, quienes generalmente se dedicaban a la comercialización de pescado o verduras, por lo que los llamaban ‘plataneros’, término despectivo que desapareció con el tiempo, quedando el de champeteros o champetús. Estos tenían una cultura con formas propias de vestir, bailar y expresarse; pero lo más llamativo era que en las fiestas, casetas y festivales de cerveza rodeaban el picó como si se tratara de su icono ceremonial. Estas potentes máquinas, con sus personajes pintados a mano, se habían convertido en su fuente de fascinación; por ello, las imágenes de los superhéroes hacían parte de la cotidianidad champetera, tanto en la televisión como en la música”.

Pero ya entrados los 90’s la estética visual picotera cambió, entonces las grandes máquinas como ‘El Malembe’, ‘El Rey de Rocha’ y ‘El Sibanicú’ cambiaron por fórmica negra sus retazos coloridos y empezaron a mostrar los parlantes desnudos acompañados con juegos de luces para impactar a los bailadores. Ya no había un lienzo para que los artistas locales pintaran a los superhéroes de moda, por lo que estos migraron a las letras de las canciones, a través de las mentes creativas de sus intérpretes; es entonces cuando la champeta le empieza a cantar a ‘Centella’ y los ‘Power Rangers’ y llega la suegra, como Goku, en su nube voladora, junto a las Sailor Moon que vienen a salvar al mundo de todas las malignas.

Los avances tecnológicos de estos cincuenta años de tradición picotera reemplazaron el tubo de vacío por el transistor hasta llegar al microchip; con ello, las máquinas de sonido de hoy pueden ser mucho más pequeñas y superiores en calidad de sonido, pero el público experto sentía que aún faltaba algo que tenían sus antecesoras. La reminiscencia por aquella época de gloria ha traído el reencauche de los picós tradicionales que, con sus dibujos animados, con sus superhéroes y personajes pintados a mano, nuevamente animan la rumba en los estaderos más populares de la Costa Caribe. El mundo ha cambiado bastante, pero nuestra cultura musical mantiene vigente el romance entre champeta y muñequitos para que sigan cantando Mr. Black y Yuranis mientras los amantes de este ritmo  siguen bailando pegaito al picó.