Por Cicerón Cabarcas Puello* (Q.E.P.D.)
Cartagena, 26 de abril de 1932 – Riohacha, 6 de diciembre de 1997.

Reliquia y joya más importante de la corona española en América. Sobre la costa brava del mar Caribe, en un orgulloso conjunto de islas que el mar estrecha codicioso con sus brazos de blanquísima espuma; reclinada sobre colinas cual una sultana la legendaria Cartagena se ofrece a los ojos del viajero y del mundo.

Su hermosa bahía, segura, anchurosa y tranquila; su costa marina como hay pocas playas en el mundo, hermosa al nacer el día, en que el mar y el cielo se adornan con múltiples colores lucientes, tiernos y fantásticos, y en las tardes el astro rey fatigado de su jornada se oculta en el límite del océano en medio de un fausto que adorna y maravilla.

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Ciudad de lagos y canales, de colinas interiores de originalísimo tipo español; única monumental en Colombia pues ofrece mayor acopio de obras que dicen del trabajo inteligente y tesonero del hombre. Su gran circuito de murallas, castillos y garitas decoradas de trecho en trecho con líquenes y algunas plantas trepadoras, desafiantes del tiempo con cuatro siglos de existencia marcan el sello imborrable de la soberanía.

Los castillos de San José y Bocachica frente a la entrada de la bahía frente a las aguas revoltosas sobresalen apenas sus muros del azul marino; más fuerte y enhiesto el otro tiende al visitante su puente modelado como un escudo de España para dar ingreso a los amplios murallones dentados en donde se desplazan en abanico las mudas baterías.

Entrando más a la bahía, el fuerte del Pastelillo, el cual con sus cañones y morteros contribuyó a la derrota del orgulloso y altivo Almirante inglés Vernón. Ya en tierra firme el Castillo de San Felipe de Barajas asoma su fábrica robusta. Se diría que los cíclopes hacinaron allí los bloques sobre los cuales se asienta la fortaleza y que el artífice al tallarla grabó para la eternidad los fastos de su raza.

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La Torre del Reloj, durante la colonia puerta de entrada a la ciudad amurallada por donde entraron triunfantes las huestes pacificadoras de Don Pablo Morillo, después de un penoso sitio en donde la preclara ciudad dejó grabada para la inmortalidad el nombre de “Ciudad Heroica”; por esa misma puerta salieron los gestores de la independencia de Cartagena para ser llevadas al patíbulo. El Fuerte de la Tenaza unido a las bóvedas por un túnel oscuro y estrecho en donde se cree, actuaba el Comando Mayor de la defensa.

Por encima de sus baluartes, castillos y fuertes; de callejas angostas y casonas coloniales, se observa la nueva Cartagena multiforme. Sus nuevas arquitecturas y sus residencias señoriales, sus avenidas de palmeras en Crespo, el Cabrero y Bocagrande, las cuales esparcen en las noches claras, rumores de leyenda.

La Abadía de la Popa, empinada en la cumbre de su colina, como en los días coloniales, escruta el horizonte nebuloso cual si quiera prevenir contra ignotos peligros de algún pirata o corsario. “Y así como es de rara su topografía, Cartagena es interesante en su historia y en su leyenda porque parece que se pierde en la historia, rodeada de historia que parece leyenda”.

*Columna publicada en un reconocido diario cartagenero en el año 1967.